martes, 5 de agosto de 2008

Los cuervos

Lectoras y lectores: estoy publicando mi primer cuento. Lo titulé "Los cuervos". Es la primera vez que escribo ficción, por favor no sean muy severos con sus críticas.:p

Como saben, yo he publicado aquí narraciones escritas por otras personas, nunca nada mío. Algunas personas me habían pedido que escribiera algo, pero como nunca antes me lo había propuesto, me era difícil.

Este cuento salió por casualidad. Hace mucho estaba leyendo una página de relatos eróticos (no recuerdo cuál) y hallé un cuento donde una de las protagonistas era gordita. Al final no me gustó, porque la gordura no tenía mucho que ver en la historia. En mi opinión, si sale una gordita pero no le das importancia a su gordura, entonces el cuento no interesa tanto. En los relatos que he encontrado en español de supuestos "gordi-fans" casi siempre es así,X-( en cambio en inglés cuando hay relatos de gorditas SE NOTA que al autor lo excita la gordura de las mujeres. Y lo que yo creo es que así es como debe ser: si es gordi-fan de verdad, debe notarse que al autor le gustan las gorditas.:x

Entonces, empecé a re-escribir el relato que había hallado. Lo fui modificando, añadiéndole cosas, quitando... y al final quedó irreconocible. Por eso lo considero mío, porque al final no tiene nada o casi nada que ver con el primer cuento que yo había hallado.

Espero les guste.

Los cuervos
Por Zakk

He dudado acerca de la conveniencia de compartir o no con ustedes esta historia, ya que muchos me calificarán como mentiroso; hasta a mí a veces me parece increíble mi aventura; más que increíble: imposible. Pero puedo jurar que todo lo que voy a contarles sucedió realmente.

Había una chica en mi trabajo que me gustaba mucho. No era como las codiciadas modelos de las que todo el mundo se enamora. No; Petra, o Petrita, como le decíamos, era bajita de estatura, con los senos caídos y las nalgas... bueno, con decirles que si no estaba sentada, ella misma tenía que pasarse la mano por encima para confirmar que siguieran en su posición. Tampoco tenía una cara muy bonita, o eso era lo que decían los demás; sin embargo, no sé, a mí me gustaba, y no sólo por su carácter, que era muy dulce, sino también por su físico, creo que lo que me gustaba de ella era su piel morena y su silueta compacta y rechonchita.

Fuera lo que fuera, yo, que en esos días tenía 21 años, me había enamorado de Petrita, que era dos años mayor que yo. Más allá del noviazgo, anhelaba seriamente ser un día su esposo, contando con la bendición de su familia y de la mía.

Sin embargo, notaba que al tocar el tema de la bendición familiar, ella se ponía toda colorada y cambiaba de tema. Se negaba a que yo tuviera cualquier tipo de contacto con su familia. Durante algún tiempo respeté su silencio, pero hubo un día en que me colmó la paciencia y discutimos muy fuertemente.

Echándose a llorar, me dijo que no era yo el primero que le proponía matrimonio. Petrita había quedado huérfana en su niñez, por lo cual fue enviada a vivir con las hermanas y la madre de su difunta mamá, mujeres ya mayores, hoscas, calladas, muy extrañas. Ninguna de las tías se había casado nunca y la única condición que imponía la tiránica abuela a aquel que pretendiera quitarle la virginidad a su nieta, era que debía pasar una noche con cada una de sus hijas, las tías de Petrita.

Extravagante, ¿verdad? Así me lo pareció a mí también. La insólita petición cayó sobre mí como un balde de agua fría con cubitos de hielo. Por varios segundos no pude decir palabra, al final le pedí que me perdonara por la falta de delicadeza con que la había tratado, y me retiré del lugar prometiéndole que en los siguientes días tomaría una decisión.

Trabajar al lado de Petra se volvió incómodo. Evitaba topármela, pero era imposible que no se cruzaran nuestros recorridos y no me quedaba sino desviar cobardemente la mirada. Al final de esa dura semana, fue ella la que me obligó a encararla.

—¿Y entonces? ¿Qué has decidido?

Yo nada respondía, entonces dijo:

—Ya veo que no me quieres de verdad. Y créeme te comprendo, son condiciones muy difíciles, por eso siempre estaré sola —y se alejó corriendo y llorando.

Los compañeros del trabajo me veían con disgusto, aunque ni de lejos les cruzaría jamás por la cabeza lo que pasaba entre Petra y yo.

La alcancé y le dije que aceptaría lo que fuera con tal de estar junto a ella.

Así pues, nos casamos. Antes del día de la boda, yo había visto sólo de lejos a las tías y la abuela de quien sería mi esposa. Las veía como a un grupo de cuervos, lejanos y enlutados. Siempre serias, ni siquiera en mi boda se acercaron a felicitarme o decirme una palabra amable. Al finalizar la ceremonia religiosa, separaron a mi esposa de mi lado y abordaron todas un automóvil. Petrita había anotado en un papel la dirección de su casa, donde yo también viviría; había indicaciones precisas de cómo y en qué hora y minuto exacto llegar.

Me presenté en la hora convenida. Era de noche. El lugar se ubicaba en el campo, casi un desierto, muy apartado de la ciudad. Aullaba el viento entre los cerros, golpeando las esqueléticas ramas de los escasos árboles contra las ventanas ahumadas. Llamé golpeando la aldaba. Una de las tías me abrió la puerta. Me miró de arriba a abajo y me condujo sin decir palabra por las retorcidas escaleras de la vieja casona, iluminando nuestro camino con una pequeña vela. El piso de madera chirriaba bajo nuestros pies. Parecía que en cualquier momento fuera a romperse.

Entramos a un cuartucho semiderruido. La extraña mujer apagó la vela. La oscuridad era absoluta.

Entonces una lengua muy húmeda y muy suave comenzó a recorrer toda mi cara. Comenzó por mis labios, se introdujo en mi boca y luego salió para pasearse por mis mejillas, mi frente y mis párpados. Al mismo tiempo, unas manos fuertes pero delicadas me abrieron la camisa y el pantalón. No pude resistirme, esas manos sabían cómo tratarme. Eran en cierto modo impositivas, pero nunca duras; me obligaban a estar de acuerdo con lo que ellas hacían. Las manos se posaron en mis hombros antes de que cayera mi camisa y la boca de la tía de Petra bajó de mi cara a mi cuello, mis hombros y mi pecho. Me besó los pezones, los mordisqueó suavemente y continuó mordiéndome las costillas y los brazos. Pasaba de las mordidas a los besos y a las caricias. Aunque al principio fingía una relativa frialdad —o, mejor dicho, dominio de sí misma—, conforme avanzaba su recorrido por mi cuerpo, su respiración la traicionaba, delatando la excitación que en realidad sentía. Me tumbó sobre la cama y, arrodillada, se inclinó sobre mí como si fuera a devorarme.

Yo me sentía tan cómodo que me abandoné confiado a sus besos, pero pensé: ¿y si fuera una vampira? El ambiente que me rodeaba era muy lúgubre. Sentí un poco de miedo, pero no podía hacer nada para huir y mi mente no funcionaba bien, sumergido como estaba en la embriaguez de las caricias de la supuesta vampira. El miedo no hacía sino excitarme y decidí que viviría esto hasta el final.

Le pregunté:

—¿Cómo te llamas?

Puso un dedo en mi boca exigiéndome silencio. Se levantó y echó hacia atrás su larga cabellera. Se desprendió de las pesadas ropas que cubrían su torso.

Comenzó a llover. Un rayo iluminó el campo y también el interior de la habitación. No duró más que un instante, pero la impresión de la escena perduró en mi mente como una fotografía.

La imagen de la mujer era deliciosa. Las tres hermanas eran muy robustas. Me pareció que la que estaba a mi lado era la menos gruesa; aun así, su carne despertaba el apetito de mis ojos, mis manos y todos mis sentidos. Su piel era muy clara. Lo más atractivo de ella eran sus enormes pechos blancos, con puntas afiladas y rosados pezones; habían quedado al descubierto y colgaban pesadamente ante mis ojos desatando mi lujuria. Cuando el rayo pasó, le pedí a la mujer que encendiera la vela para seguir disfrutando visualmente de su belleza. Ella se inclinó sobre una mesa cercana y encendió varias velas.

Quedamos en una semioscuridad muy tenue. Puso mis manos en sus pechos. Era mi turno de acariciarla. Al principio imité lo mismo que ella había hecho conmigo, pero intuí que le gustaría algo diferente y mordí con algo de violencia sus redondos senos, sus erectos pezones. Ella gimió, pidiéndome volver a hacerlo. La obedecí. Mi miembro estaba erguido por completo y lo hundí en su ombligo, mientras la acariciaba y besaba, sin olvidar ningún detalle de su cuerpo, chupando su cuello, su nuca y finalmente su vagina sin dejar de frotar sus senos. Ella empezó a masturbarse. Yo no dejaba de besarla. Se incorporó unos instantes para chupar mi pene y entonces la penetré.

Durante unos minutos estuvimos juntos, uno al lado del otro. Ella, sin decir nada, tomó sus ropas y se fue. No hice ninguna pregunta, pues para ese momento sabía que dentro de esa casa lo extraño era lo normal. Me dormí, oyendo la lluvia.

La gente del campo se levanta muy temprano. Antes del primer canto del gallo, ya se oía a alguna de las tías cortar leña, alimentar a los animales o lavar la ropa. Me demoré un poco en bajar, pues no quería enfrentar los rostros de la familia después de haber tenido sexo con una de ellas; pero unos golpes recios en la puerta del cuartucho me obligaron a salir. No había nadie. Bajé las escaleras y, cuando iba a entrar a la sala, me topé con Petrita, quien señaló el lugar donde debía bañarme.

Al salir, di unos pasos por el campo. Mi esposa me aguardaba cerca. Me guió hasta el comedor. Percibía su incomodidad. Cuando acabamos de desayunar, preguntó:

—¿Cómo estuvo todo?

No supe qué contestar. Había disfrutado mucho la noche, pero no quería lastimar a Petrita y dije algo así como:

—Tuve que cumplir con las imposiciones de tu familia.

Ella no dijo nada. Para romper el silencio, pregunté:

—¿Por qué me imponen estas reglas tan estúpidas?

Entonces me contó la historia de su familia. La mamá de Petrita se había desposado muy joven, en tanto que sus hermanas, las tías de mi esposa, veían pasar los años sin que nadie se arriesgara a pedirlas en matrimonio. Los nombres de ellas eran Narda, Teresa y Flora; yo me había acostado con Narda, la menor, de 44 años; las otras dos tenían 46 y 48. Ya desde su juventud, los vecinos del lugar las veían como a seres imponentes e inalcanzables. En una época, la familia de Petrita había tenido mucho dinero, y la gente de la región pensaba que seguía siendo así, aunque en realidad su situación económica había desmejorado. Pero con la "leyenda" del dinero detrás de ellas, se habían habituado a que los hombres que se les acercaban lo hicieran pensando en una herencia; eso las había vuelto desconfiadas y hurañas. Cuando eran muy jóvenes, no les habían faltado novios a las tías de Petrita; entonces eran unas gordas alegres y luminosas que gustaban de ir a fiestas, pero habian despreciado a cada uno de sus pretendientes; después vinieron los desencantos frente a quienes las buscaban sólo por el dinero; y finalmente nadie se acercó más a los temibles "cuervos" en que se convirtieron.

La mamá de Petrita se negó a repetir ese destino. Era la más joven pero la menos atractiva de la familia y, contra la voluntad de su madre, se casó con su novio, al que amaba. La pareja falleció en un accidente automovilístico cuando Petrita era niña y desde entonces la abuela Catalina se hizo cargo de ella.

Antes de que Petra soñara siquiera en tener una relación sentimental o sexual con un hombre, ya su abuela le había advertido de las severas condiciones bajo las cuales saldría de aquella enorme y vieja casa: no se casaría sino con quien pasara una noche con cada una de sus tías.

El resto del día lo pasé en soledad, recorriendo el campo a caballo. Petrita se ocupó en los quehaceres domésticos, vigilada de cerca por la temible abuela.

Al anochecer, volví al cuartucho que me habían dado por habitación. No era muy tarde en realidad. Me eché sobre la cama a pensar en la situación tan extraña que estaba viviendo y sin darme cuenta me quedé dormido.

Deben haber pasado un par de horas antes de que me despertaran unos besos en mi vientre. Era Teresa, la segunda tía.

Al contrario de Petra, sus tías eran altas y de piel blanca. Teresa era la más alta y la más blanca, la más curvilínea también. Más opulenta que Narda y con una silueta muy distinta: si en Narda lo que destacaba eran los pechos, en Teresa la región baja del cuerpo era la más frondosa. Aunque era de hombros estrechos y pecho relativamente poco desarrollado, en cambio era caderona, muy abundante de nalgas, piernas gordas también, con venas azules emergiendo de vez en cuando en la cremosa blancura.

Me bajó el cierre del pantalón, el calzón y empezó a darme unas chupadas profundas en el pene mientras sus manos frotaban delicadamente mis testículos. Con la fuerza de su succión consiguió
rápidamente estimularme. Se quitó la ropa y contemplé sus curvas acentuadas que le daban forma de pera; la visión de su figura me excitaba, aunada a las caricias que recibía. Me incorporé para sentarme frente a ella, a su lado, la besé largamente en la boca mientras acariciaba su espalda y sus nalgas con una mano y con la otra estimulaba su sexo. La sentía ya bien húmeda. Besé su cuello, su pecho, hundí mi cabeza en su pecho, besándola. Mis manos apretujaban con furia la masa de sus nalgas, sus carnosas caderas, sus muslos espesos. Con toda mi fuerza la abracé y la empujé sobre la cama para que quedara boca abajo, sobre mis piernas, y la azoté una y otra vez con la palma de la mano. Teresa gritaba, estremecida, y noté que estaba frotando su clítoris a pesar de la difícil posición. Le di de nalgadas hasta que sus gordas posaderas quedaron rojas, rojas, temblando como gelatina, y yo, con mi pene bien erecto, la eché sobre la cama para penetrarla con la misma violencia.

Se fue sin decir nada, como se había ido su hermana. Otra noche pasó. Luego otro día de cabalgatas en el campo y de conversaciones incómodas con Petrita, que no podía ocultar sus celos. Y la noche llegó nuevamente.

La tercera noche, Flora subió a mi cuarto. Era la menos alta de las tres pero la de más edad y la más obesa. En cuanto a rostros, las tres eran casi idénticas: la misma palidez, las mismas cejas gruesas, los mismos labios rojos y suculentos, la misma cabellera larga y negra que tanto les costaba acomodar durante el día y que durante la noche soltaban para hacerla relucir como un relámpago oscuro sobre la espalda.

Los cuerpos, como he dicho, eran muy diferentes. Narda tenía los pechos muy desarrollados; Teresa no tanto, pero en cambio se expandía generosamente a partir de los muslos, nalgas y caderas.

Cuando nos preguntan a los hombres cuáles son las áreas del cuerpo femenino que nos excitan más, respondemos que los pechos y las nalgas, pero con Flora aprendí que el vientre puede ser una zona erótica de tanto valor como las otras, algo que únicamente puede ofrecernos una mujer obesa. Quien no ha tenido una a su lado no lo sabe.

Flora era redonda como una manzana, con mejillas abultadas, papada y un vientre muy crecido. Apenas se sacó la blusa, tuve que tocar, como por instinto, ese vientre que parecía preñado. Me provocaba extrañeza y morbo esa barriga; era al mismo tiempo suave y firme. Antes de vivir esta extraña semana, no había caído en cuenta de lo mucho que me atraían las mujeres con exceso de peso. Claro, dentro de mí siempre lo había intuido, desde niño; pero la presión social que existe para que los hombres sólo nos fijemos en las mujeres delgadas, me había reprimido. De cualquier modo, ni siquiera en mis mejores fantasías había contemplado una oportunidad como la que se me presentaba, de estar al lado de tres estupendas mujeres, gordas, bellas, deseosas de complacer y ser complacidas.

Flora, ya que era la más vieja, era la más experimentada. Jugaba con mi pene dentro de su boca, con sus dedos en mis orejas, en mi ombligo y en mi ano. Lamía mis orificios, mis orejas, mi ano; succionaba mi verga, me besaba en la boca, la cara y el cuerpo; tocaba toda mi piel, alternando las caricias más suaves y las sacudidas más rudas para encender mi pasión y mi deseo. No mostraba ningún reparo en guiarme, tomaba mis manos para indicarme exactamente cómo le gustaba ser acariciada. Me masturbaba y se masturbaba, con mis manos y con las de ella, de mí hacia ella y de ella hacia mí. Hablaba más que sus hermanas, me decía cómo debía hablarle, dónde besarla. Preveía mis movimientos, como quien practica un deporte y debe ser capaz de adelantarse a lo que hará el equipo rival. Con ella me deleité descubriendo la magnificencia de la barriga femenina; cada lonja, cada llanta de Flora era una fuente de placer, un sitio donde dejar nuevas caricias, donde obtener la suavidad que pide el tacto y donde brindar nuestro beso, nuestro abrazo. Lamí su ombligo, besé y mordí aquella hermosa barriga, incluso sobre las largas y rosadas estrías que surcaban su blancura, y yo me enardecía, mi pene se elevaba sin disimular mi excitación. Penetré a Flora por todos los orificios posibles, pero cuando supe que tenía que descargarme lo hice en su panza, entre dos de sus rollos. Vimos cómo mi semen resbaló por la amplia barriga hasta escurrirse dentro de su ombligo.

La mañana siguiente me levanté pensando qué iría a suceder. ¿Me permitirían reunirme por fin con mi esposa? Me extrañó no verla, pues siempre desayunaba conmigo. Comí solo. Cuando terminé, divisé a la vieja Catalina. Le pregunté por Petrita y respondió con frialdad:

—La mandé a que cobrara nuestras rentas en San Fermín. No regresará hasta mañana.

La vieja no pertenecía al tipo de personas a las que se puede vencer discutiendo. Di media vuelta y me marché al campo, como había hecho las mañanas anteriores.

Lejos de la casa, me senté entre las rocas junto a un arroyo. Mentalmente, no había acabado de asimilar los sucesos de esos días. Quería estar con Petrita, la extrañaba y estaba seguro de que se
sentía mal; pero, siendo sincero conmigo mismo, había disfrutado mucho las experiencias con sus tías. Tantos besos, caricias, eyaculaciones deliciosas e inesperadas. Recordé los senos de Narda, las nalgas de Teresa, la barriga de Flora, las jugosas puchas de cada una de ellas; y me masturbé al lado del arroyo.

Petrita no regresó aquel día. Cayeron la tarde y la noche sin que hablara con nadie. Me dormí.

A medianoche, la abuela Catalina entró a mi cuarto.

Yo dormía pecho abajo. Se sentó a mi lado. Su mano bajo mi camisa comenzó a frotarme la espalda. Besó mi espalda. Su puño derecho sostenía mis testículos. Metió una afilada uña de la mano izquierda en mi ano, lo hizo muy suavemente. Involuntariamente gemí, me hizo despertar. Me volví, quedando frente a ella.

Para su edad, que calculo cercana a los 70 años, no estaba nada mal. No se había encorvado; por el contrario, era más alta que cualquiera de sus hijas, y gordísima, superándolas también en esto. Catalina era, en cierto modo, la suma de las hijas: tenía los senos grandes, como Narda, aunque menos hermosos; las caderas anchas de Teresa y las nalgas más prominentes aún, producto sin duda de décadas de pasar tantas horas sentada en su sillón dando órdenes; por último, su barriga se echaba hacia adelante, redonda y orgullosa como la de Flora. Aunque las canas de Catalina eran abundantes, la mayor parte del cabello era todavía negro. Desde luego, exhibía arrugas en
mejillas y manos, y los labios se le habían adelgazado; pero su rostro pálido conservaba los vestigios de una belleza no del todo perdida.

Besé sus labios resecos y marchitos, dotándolos de humedad. La desnudé. Los senos, como era natural, habían perdido la contundencia de la juventud, cayendo como bolsas flácidas a ambos lados de la protuberante barriga. En ésta no había una sola arruga; estaba lisa y, por así decirlo, era su área más "joven". Levanté su pesada barriga para frotar su sexo con mis manos. Era evidente que una y otra acción la excitaban: la masturbación que le estaba dando pero también la sensación de mis manos palpando su vientre; de modo que continué haciéndolo, mientras al mismo tiempo besaba su barriga y su pecho y lamía dentro de su ombligo, y de cuando en cuando le propinaba algún azote en sus enormes nalgas.

Me sentía excitadísimo, no podía contenerme más; pero cuando pensaba que todo había acabado, esta extraña familia me reservaba todavía más sorpresas. Se abrió la puerta y entraron las tres tías desnudas detrás de mi adorada Petrita.

Entre las tres terminaron de quitarme la ropa. Petrita masajeaba mi espalda y Narda me dio de beber un vino dulce preparado por ellas mismas. Teresa empezó a chupar mi pene y mis testículos y Flora se colocó detrás de mí para acariciar mi espalda y mis nalgas. Petrita
pasó a masajear mi cabello y besar mi cabeza y Catalina a lamerme los pies.

Me sentía como un rey; no quedó un rincón de mi cuerpo que no fuera cubierto por un diluvio de caricias. Debía corresponderles y comencé por Narda, que yacía de pie frente a mí. Recorrí con mi lengua la circunferencia de sus hermosos pezones. Palpé detrás de mí y encontré el turgente vientre de Flora, sobre el cual deslicé mis dedos. Petrita se agachó sobre mi cabeza, su cabello cayó sobre mí. Yo tomé su cabeza entre mis brazos para acercarla a mis labios. Sus senos rodeaban mi cuello. Nos besamos durante mucho tiempo, nos tocamos, ella mi pecho, yo el suyo, las axilas, su rostro, su pequeña barriga, aprétandole los muslos, las nalgas, sin dejar de besarnos en la misma posición: ella erguida a mis espaldas, yo sentado delante de ella.

Flora movió hacia un lado a Teresa para ser esta vez ella quien lamiera mis huevos y mi verga. Entonces Teresa, que llena de excitación necesitaba una boca que besar, intempestivamente se lanzó sobre su madre y la besó, no como una hija, sino como una amante, con desesperación, revolviendo su cabellera y apretando sus senos y sus hombros. Flora se unió a la pareja, besando las orejas y la nuca de Teresa. Narda, entre tanto, lamía el culo de su madre. Petra me pidió que nos acercáramos a ellas. Yo me coloqué bajo las piernas de Teresa para lamerles el coño y el ano a ella y a su madre, y Petrita hizo lo mismo con Narda y Flora; después conmigo, con su abuela, con Teresa... Todos éramos de todos: un beso se convertía en un abrazo, la lengua se convertía en una mano, la saliva y el semen y todos nuestros fluidos corrían de un cuerpo a otro... y de pronto parecía que todos éramos un solo universo de caricias.

En medio de aquel océano sexual, me encontré cara a cara con Petrita. Nos besamos y manoseamos. Busqué el clítoris con la lengua, mientras abría su vulva con mis dedos. Hallé la minúscula campanilla escondida entre las blandas carnosidades y me dediqué a ensalivarla. Petrita se tumbó en el piso, frotó mi pene hasta que se mantuvo erecto, lo apretó y lo condujo hasta el umbral de su vagina. Los labios vaginales se abrían amoratados. Mi corazón palpitaba acelerado y un escozor interno me hacía llegar al clímax. Mi pene duro resbaló con plácida facilidad dentro de la concha de Petrita. El orgasmo nos hizo gemir al unísono mientras nos abrazábamos con furor. Nos vaciamos. Nos abrazamos y así permanecimos, mientras detrás de nosotros las mujeres no cesaban de tocarse.

Un beso de Petrita, que durmió junto a mí, me despertó la siguiente mañana. Había superado la prueba.

—Me has dado una prueba de que me amas. No debió haber sido nada fácil.

Sonreí. No había experimentado nunca antes en mi vida una semana más intensa y deliciosa como esa que había pasado junto a la familia de mi mujer.

Sin embargo, a partir de entonces, estas orgías y sesiones sexuales se convirtieron en parte de mi cotidianeidad. Petrita y yo nos fuimos a vivir con las tías y la abuela; y, al final de cada día, mis besos tienen que repartirse entre los jugosos labios de cada una de mis queridas mujeres.

martes, 6 de mayo de 2008

¡Feliz Día de la No Dieta!

Me enteré de que hoy, 6 de mayo, se celebra el Día de la No Dieta y decidí traducir un artículo y compartirlo con ustedes. El artículo salió originalmente en la página de la Asociación Nacional para la Aceptación de los Gordos (NAAFA), una organización norteamericana que lucha porque termine la discriminación en contra de las personas con sobrepeso.

Hoy podemos darnos permiso de comer de todo...

Link al artículo en inglés.

Mayo 6, Día Internacional de la No Dieta

La iniciativa de un Día Internacional de la No Dieta (DIND) se debe a Mary Evans Young, directora de la campaña anti-dieta 'Diet Breakers' en Gran Bretaña y autora de Rompiendo la dieta: Tener todo sin tener que hacer dieta (Hodder & Stoughton, 1995), un best-seller en su país. La primera vez que se celebró la No Dieta fue el 6 de mayo de 1992, en Gran Bretaña, y cada 6 de mayo desde 1993 se ha venido celebrando en otros países.

El DIND sigue siendo necesario porque los medios de comunicación, la comunidad médica, nuestros familiares, amigos y la sociedad en general, continuamente envían el mensaje de que la gordura es fea, la gordura es perjudicial y la gordura es algo que hay que perder cueste lo que cueste. Se discrimina a las personas gordas en los empleos, servicios de salud, educación y vivienda. Los gordos tienen que enfrentarse diariamente con problemas de accesibilidad a estos servicios.

Lo anterior ha provocado una obsesión con la dieta en nuestro mundo. Una obsesión que ha conducido a trastornos de nuestra conducta alimentaria con consecuencias mortales, uso insalubre de píldoras adelgazantes, cirugías de pérdida de peso que degradan la salud a largo plazo y una miríada de problemas físicos debidos a una mala alimentación.

Las investigaciones sobre obesidad muestran que, a largo plazo, la pérdida de peso es inalcanzable para la mayoría de la gente. No se ha encontrado correlación directa entre el peso de una persona y su estado físico y de salud.

El DIND es nuestra oportunidad para sacar a la gente de la rutina 'dieta a toda costa', aunque sólo sea por un día. El DIND nos da un día para recordar a las personas que son especiales y valiosas, cualquiera que sea su peso. Usamos este día para educarnos a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestros amigos y a nuestra comunidad en las verdades de la dieta.

El DIND se ha venido extendiendo por una cantidad de países cada vez mayor. Se ha celebrado en Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, Noruega, Sudáfrica, Rusia y Estados Unidos. Para la comunidad de aceptación del propio tamaño ('size acceptance community'), el DIND nos brinda una oportunidad de estar unidos como difícilmente la brindaría otro día, y proporciona el impulso que muchos necesitan para involucrarse y hacer una diferencia.

La Asociación Nacional para la Aceptación de los Gordos (NAAFA) apoya plenamente el DIND y alienta a sus miembros y capítulos a celebrar este día. Dentro de la Asociación, el DIND se ha celebrado de costa a costa.

Quien desee que la Asociación le envíe un listón azul claro (símbolo del Día Internacional de la No Dieta) y un folleto con este tema, por favor escriba a NAAFA, P.O. Box 188620, Sacramento, CA 95818.

lunes, 16 de julio de 2007

Nuestro tiempo

¡Muchas gracias a las personas que han visitado mi blog! Especialmente a las que se han tomado algunos minutos para leer estos cuentos y dejar algún comentario. Por favor, sigan dejando sus comentarios; mientras lo hagan, yo seguiré buscando buenas historias para compartir con ustedes. Historias llenas de sensualidad como la siguiente...

“Nuestro tiempo”
Por Paul
Tomado del sitio Dimensions
Original en inglés aquí


Conocí a Lesta Jarmin en la época en que yo era entrenador del equipo de ligas menores donde jugaba su hijo. Ella estaba en sus últimos 30, casada, madre de tres niños. Como sabe quien se encuentre familiarizado con lo que significa jugar en ligas menores, el ambiente puede llegar a ser muy intenso y competitivo para todos los involucrados. Yo tenía 20 años por entonces, y todavía recuerdo que se suponía que los deportes debían ser divertidos, sobre todo para los niños. Los deportes siempre fueron algo muy bueno para mí. Fui contratado por Toronto al terminar la preparatoria y mi carrera apuntaba hacia algo más, hasta que un hueso roto interrumpió definitivamente mis posibilidades de lanzar para los Majors.

Así pues, me dediqué a formar a estos pequeños beisbolistas, concentrándome en que aprendieran los fundamentos y en desarrollar su espíritu deportivo, además de procurarles una sana diversión, y el proceso acabó por consolidar un equipo de ganadores.

Lesta y su marido parecían apreciar honestamente mi actitud hacia el juego y hacia los niños. No pasó mucho tiempo antes de que me invitaran a almorzar. Disfruté estar con la familia entera, fueron de verdad muy buenos conmigo. Como soltero joven lejos del hogar, cualquier comida con sabor casero era recibida por mí con una tormenta de aplausos.

Me convertí en algo así como su cuarto hijo. Creo que pasé más tiempo en su residencia que en mi departamento. El esposo de Lesta se desempeñaba como administrador en el hospital de la ciudad, hecho que lo forzaba a pasar largas horas en el trabajo y a realizar frecuentes viajes de negocios. La familia juzgaba más conveniente que Lesta permaneciera en casa.

Lesta era una gran mamá, una esposa maravillosa y una coqueta incorregible. He dicho coqueta, pero la verdad es que todo acababa en el coqueteo; nunca se comportó de manera lasciva, ni me sugirió traspasar los límites de nuestro trato diario, ni vi que lo hiciera con nadie más. Pero llegué a un punto en que me descubrí a mí mismo deseando con fuerza su compañía. Comencé a inventar excusas para ir a su casa cuando sabía que iba a encontrarla ahí. Mis ojos la buscaban y yo gozaba con su coqueteo y con la atención que me brindaba.

En ningún momento consideré hacer el amor con ella. Era la madre de uno de mis jugadores y estaba casada con un individuo honorable al que respetaba y con el que me encontraba en deuda de gratitud. Pero las cosas empezaron a cambiar en mi mente.

Debo confesar que hasta ese momento de mi vida yo había sido una de tantas presas de “la gran mentira americana”; ya saben, esa que dice que las mujeres gordas no pueden ser hermosas o atractivas. Nunca habría rechazado la amistad de alguien simplemente porque estuviera “pasada de peso”, pero me habría negado a pensar en una gorda como en alguien que yo podría amar. Mi cerrazón mental me tenía en un terrible error.

La figura de Lesta se alzaba apenas 1 metro y 55 centímetros sobre el suelo (yo mido 1.77), maravillosamente redondeada. Podías decir que era madre de tres, con un cuerpo glorioso para probarlo. No se mostraba nada avergonzada, no tenía esa terrible consciencia de su propio cuerpo que tienen tantas mujeres rollizas, y si a ella no le importaba, a mí menos. Su sonrisa era la más grande, con ojos azules y corto cabello marrón. Lo sé porque no dejaba de mirarla, estudiando sus rasgos y admirando su belleza.

Aprovechaba cualquier oportunidad para rozar mi cuerpo contra su suave forma, o simplemente para estar cerca de ella. Me permitía incluso tocar sus glúteos con mis dedos cuando metía mis manos al fregadero para lavármelas, o cuando jugaba con sus gatitos sentado en el piso. No parecía adivinar mis motivos internos, y continuaba estimulando mis deseos salvajes con su coqueteo simple, inofensivo.

Tenía maravillosos sueños eróticos donde ella era la protagonista, causando mi despertar con una rampante erección. Descubrí que ya no estaba teniendo citas con nadie, ni sentía deseo por las chicas delgadas de mi edad. Lesta era mi obsesión, su sonrisa, su cuerpo y el pensamiento permanente de estar con ella. Me masturbaba dos, o tres, o más veces al día, con imágenes de ella sucediéndose en mi memoria.

Un jueves sucedió; la vi en su casa poco después de que ella había vuelto de cierta reunión social en el Country Club. Llevaba puesto todavía el vestido de la reunión cuando llegué. Por lo demás, todo ocurría como en cualquiera de mis visitas, nada diferente, ninguna resolución silenciosa de mi parte, simplemente otra oportunidad que yo me daba para disfrutar con su compañía.

Mientras conversábamos, entramos a su dormitorio, en la parte posterior de la casa. Junto a su armario dormían los gatitos. Lesta había estado cuidando de estos gatitos por más de dos semanas, tras haberlos hallado abandonados por la madre. Levantó la caja de zapatos donde se amontonaban las crías y la colocó sobre su cama, procediendo a alimentarlas. Su vestido, al apoyarse ella sobre la cama, me dejó ver sus piernas, expuestas a la mitad de los muslos. Era fascinante, no podía hacer otra cosa más que mirarlas, pero su voz me sustrajo de mi ensueño ilícito. Arrodillado frente a Lesta, le ayudé a mantener a los gatitos ocupados en tanto ella los alimentaba individualmente.

Lesta se dejó caer de espaldas sobre la cama. Uno de los gatitos se acurrucaba entre sus manos, sobre su estómago. Intenté quitárselo, pero, en lugar del animalito, mi mano encontró su cuerpo suave, tibio. Mi mano se rezagó ahí. Escuchándola hablar, sentí su voz a través de mi mano con el ascenso y caída de su respiración. Nunca me había hecho vibrar así un simple roce. Fue electrizante; todo mi cuerpo respondió de inmediato al sentirla.

Su súbito silencio me sacó de mi trance privado. Me observaba con atención; había cierto extrañamiento en sus ojos. Su mirada se deslizó desde mis ojos hasta mi mano que frotaba lentamente su estómago, y luego subió de nuevo a mis ojos, todo sin decir una sola palabra. Estaba perdido en ella; supe que no iba a parar a menos que me lo pidiera. Durante lo que parecieron minutos, no hicimos más que mirarnos uno al otro como si esperáramos despertar en cualquier momento para encontrar todo de nuevo vuelto a la normalidad. Me incliné lentamente sobre ella y besé suavemente aquellos labios con los que había soñado tantas noches. Mi mano se arrastró hasta sus pechos, rozándolos apenas, como si fueran a desaparecer. Por única respuesta ofreció una respiración más acelerada y la elevación de su pezón.

Deseé hacer de éste un momento que durara… para siempre. Nuestros labios se juntaron, secamente al principio, luego con más urgencia y humedad. Nos bebimos uno al otro a través de nuestros labios. Era como si éste fuera mi primer beso, salvo que ahora sabía lo que hacía. Sentí sus labios, nuevos y calientes, y en tanto los abría para mí, pude probar su lengua al enlazarnos suavemente.

Me acerqué a su voluptuoso cuerpo, presionando mi pene endurecido contra su muslo caliente. Cuidadoso, me desuní de nuestro beso y, latiéndome más fuerte el corazón, le pregunté si aquello era correcto. Sin susurrar palabra alguna, Lesta cabeceó en señal de asentimiento, y sus brillantes ojos azules fueron el sí más elocuente que he recibido nunca.

Con más confianza que antes, nos besamos una vez más y empezamos a explorar nuestros cuerpos. Nuestras lenguas hermanadas y mis manos descendiendo bajo su cuello por el valle que creaban sus pechos. Su piel era eléctrica, caliente y delicada. Podía sentir sus manos correr encima de mis brazos y por la parte baja de mi espalda.

Me levanté despacio para poder abrir los botones al frente de su vestido. Ella intentó ayudarme con cierta timidez. Detuve mis esfuerzos y suavemente hice volver su cara hacia la mía; le dije que deseaba verla, que ella había sido el objeto de mi deseo durante todos estos meses... que la encontraba sumamente atractiva. En medio de mi agitación, le expliqué que deseaba agasajar mis ojos con la imagen de sus encantos.

Respondió con una sonrisa del tamaño de Texas.

Abrió ella misma su vestido y me recompensó permitiéndome verla con tan sólo un sujetador, bragas y pantimedias. Nunca, en todos mis días, imaginé que un cuerpo pudiera ser tan divino. Era así como una dama debería ser, suave y deleitosa a la mirada, y se lo dije.

Logré ruborizarla; nerviosa, reía un poco. Se incorporó y me dio un beso largo y profundo. Nuestro beso estaba lleno de deseo y de toda la pasión descarada que uno sentía por el otro. Lesta dijo que era mi turno de desnudarme. Me levantó la camiseta y acarició mi pecho mientras yo batallaba tirando de las mangas sobre mi cabeza. Mi dicha era completa cuando ella me tocaba. Parecía apreciar realmente mi cuerpo joven de músculos bien definidos... De acuerdo, unos segundos rápidos de ego masculino: 1'77 de estatura, 75 kilos, 102 centímetros de pecho y 72 de cintura. Por entonces, algo que resaltaba mi caminar eran mis Levi's y, por debajo de ellos, mis bóxers.

Me coloqué detrás de ella en su cama, despojándola de los últimos vestigios de ropa. Su belleza no hacía sino incrementarse conforme le arrebataba cada prenda. Su abdomen rellenito y orgulloso era simplemente erótico y la plenitud de sus muslos y pantorrillas formaba las piernas más sexys que he visto jamás. Durante muchos minutos me absorbí en completa rendición y admiración, con toda la fuerza de mis manos repasando sus contornos, desde su cuello hasta debajo de sus rodillas.

Alcanzando sus labios, dejé que mi lengua los remontara. Lesta respondió abriéndolos e indicándome el modo de besarla correctamente. Mis manos se afianzaron a sus pechos oscilantes como si sostuvieran sendas copas; el peso puro de sus senos enfatizaba cuánta sustancia de mujer tenía. Deliberadamente, incliné mi cuerpo mientras besaba y mordía su cuello, llenándome de aquel aroma único.

Coloqué mi pierna sobre su montículo revestido de vello, y contra él refregué mis muslos. Podía sentir su cuerpo responder a la presión del mío. Enterré mi boca en su seno derecho, circundando su areola con mi lengua, apenas rozándola. Su respiración se estaba volviendo más rápida y su mano se incrustaba debajo de mi estómago, provocándome un hormigueo en áreas maravillosamente sensibles. Y cuando sujetó mi pene entre sus manos tibias, me supe cerca del cielo.

Lamí su orgulloso abdomen, gozando con su turgencia. Después de darme un festín en su pecho, habiendo devorado ambos bulbos gloriosos, descendí, en busca siempre de un nivel inferior.

Comenzaba a probar el dulce néctar de Lesta, cuando me paró en seco, advirtiéndome que no se sentía segura sobre si yo debía avanzar; no era, dijo, que no me deseara, pero habían transcurrido más de siete años desde que su esposo la había tratado de esta manera. Le dije que deseaba como nada en la vida beber sus sabrosos jugos, que quería hacerla ascender a su clímax con mi lengua entre sus piernas.

Lentamente abrí con mis dedos los labios externos de su vagina; coloqué mi lengua húmeda y caliente contra su clítoris; y comencé a lamer... llevando la largura de mi lengua sobre su clítoris entero. Sus manos encontraron mi nuca y empezó a dirigir mis movimientos hacia su mayor placer… que también era el mío. De pronto todo mi ser yacía sumergido dentro de su cuerpo voluptuoso. Sus muslos emparedaban mi cabeza con sorprendente fuerza, mientras yo aceleraba la velocidad de mi lengua, trasladándome a veces un poco más abajo para sondear en su ano. Pero volvía siempre a su clítoris, sintiendo cómo se endurecía bajo mi cuidado. Lesta susurraba mi nombre, me pedía no detenerme, lo cual yo no tenía ninguna intención de hacer hasta que ella se viniera.

Siempre me ha gustado proporcionarle placer oralmente a una mujer, pero no me había extendido con ninguna tanto como con Lesta. Su redondez y su llenura hicieron mi viaje más erótico; y por sus gritos y el estremecimiento de sus caderas, supe que estaba disfrutando con la atención que yo brindaba a su mullido triángulo. Después de esto, no pasó mucho tiempo antes de oírla gritar que se estaba viniendo; y se venía, y con lo violento de su clímax casi me rompía el cuello que sus muslos atrapaban. Yo mismo estaba a punto de llegar a un orgasmo; ¡así de intenso era el suyo, tanto que me contagiaba!

Me incorporé y me invitó a penetrarla. Aunque no era necesario, sus manos me condujeron hábilmente a través de su bien lubricado canal. Descendí con lentitud por aquel camino, sintiendo los lados de su vagina estrecharse para envolver mi pene. Se sentía como ser arropado en terciopelo caliente. Lesta, impaciente, alzó en torno a mí sus enormes caderas, forzándome a ir más adentro de ella.

No podía prever si volvería a ser tan afortunado de tenerla nuevamente en mi vida, por lo que estaba determinado a hacer este momento duradero para los dos. Después de colocar mi pene de lleno en su vagina, me sorprendió encontrar la punta de él reclinada contra la parte posterior de su sexo; fue una sensación grandiosa para ambos.

Con mi pene como látigo, di lentos azotes en el interior de Lesta, susurrando su nombre, volviendo a contar las noches en que sin final me atormentaban las imágenes eróticas de aquella mujer. Sus manos amasaban mis nalgas, ayudando así a introducirme más profundamente en su líquida vagina. Con todos sus kilos “de más”, Lesta apretaba fuertemente mi pene; su determinación la mostraba dispuesta a tomar todo de mí.

Abrió sus anchos muslos y yo sumí mi pene en ella hasta la empuñadura, restregándolo una y otra vez contra su clítoris. Me encantaba ver cómo su barriga y sus pechos se sacudían sobre su sexo mientras hacíamos el amor. La barriga se ondulaba bajo los pechos con cada uno de mis ataques. Sus ojos azules estaban abiertos y me sonreían mientras la penetraba. Lesta elevó las caderas para desafiarme; se acercaba otro orgasmo, sentía cómo se obligaba a sí misma a arrojarse contra mi cuerpo.

Quería ver y sentir a Lesta encima de mí… muy encima de mí. Mientras cambiábamos de postura, los músculos de su vagina se aferraron temblorosos a mi rabiosa erección. Sentir el peso de esta robusta mujer encima de mí fue grandioso. Ella reía como una niña y me pedía que no me preocupara. Dio inicio a un movimiento de cauteloso ritmo con esas caderas maravillosas que nunca olvidaré. Realmente podía oírme a mí mismo chapotear en su vagina inundada mientras mi verga entraba y salía de ella.

Abrazado al torso de Lesta, me incorporé a medias sobre la cama para chupar un erguido pezón, introduciéndolo tan dentro de mi boca como fuera posible, con mi lengua alrededor suyo actuando como un remolino y después mordisqueándolo con cierta delicadeza. Llegados a este punto, imaginé que Lesta podría sofocarme, pues me había capturado entre sus dos pechos e hizo como si fuera a exprimirme entre sus brazos. Había sido engullido por su carne, que probé al mismo tiempo que su glorioso olor.

Era una sobrecarga sexual; estaba perdiendo rápidamente cualquier resabio de control. Esta magnífica señora casada madre de tres hijos era más de lo que yo podía manejar; su cuerpo suave y abundante era la más erótica y atractiva forma que hubiera atestiguado.

Lesta compartía mi urgencia y, montada en mí, se movía cada vez más rápidamente, con sacudidas más violentas, robando más de mí para quedárselo. Mi mano derecha encontró su clítoris y logré mantener un pulgar en éste mientras ella me conducía al éxtasis.

Le advertí que no podría aguantar mucho más y que debía salir de ella antes de correrme. Se inclinó y nos dimos un beso francés, intenso y prolongado. Todavía estábamos unidos por un beso cuando lancé mi esperma, que se esparció sobre su vientre. El semen no cesaba de brotar y ella permaneció montada en mí, tomando todo lo que tenía para ofrecerle. Pasados unos minutos, se derrumbó sobre mi pecho; la abracé, sintiendo cómo nuestros sudores se mezclaban.

Mientras su cabeza reposaba en mi hombro, Lesta dijo que había tenido tres orgasmos, y me hizo prometer que éste no sería el final de nuestra amistad ni la última vez que haríamos el amor.

Estuve completamente de acuerdo. Por primera vez en mi vida me sentía satisfecho de verdad después de haber hecho el amor. Esta maravillosa BBW* tenía todo lo que siempre había deseado en una amante.

Pasamos juntos el resto de la tarde y me quedé para la cena. Sería la primera de muchas experiencias inolvidables a su lado.


* BBW: siglas en inglés de big beautiful woman; es decir, “mujer gorda y hermosa”.

viernes, 11 de mayo de 2007

Hay lugares que recordaré toda mi vida...

Les agradecería si leyeran el siguiente cuento que traduje de la selección de textos del sitio en inglés Dimensions. Por favor, ¡participen! Déjenme un comentario. Díganme qué les pareció el relato.

Hay lugares que recordaré toda mi vida, aunque algunos han cambiado...*
Escrito por Honey
Tomado del sitio Dimensions
Original
aquí

R
ecuerdo el asiento trasero del coche de su padre, pero no puedo recordar su nombre. Recuerdo el campo de futbol de noche, aquella delirante noche, pero tampoco puedo recordar cómo se llamaba aquel otro hombre. Las caras pierden su color en mi vieja memoria. No importa, a su manera todos ellos fueron mis maestros. Ésta es la historia de uno de esos maestros.

Lo único que yo quería era ayuda para un proyecto de diseño. El teatro cumplía 25 años y los productores me habían solicitado encargarme de la gala de aniversario. Fui hacia él con dudas sobre la iluminación del escenario, su especialidad. Accedió a ayudarme, trabajamos juntos y después de algunos días dijo que me amaba.

-¿De qué estás hablando? ¿Tú me amas? Soy una mujer casada. Soy más vieja que tú. Apenas me conoces. ¡Para!

-Te amo.

-Además soy gorda.

-¿Y? Amo tu cuerpo también. Es parte de quien eres. Y no puedo parar.

Deseaba intensamente ser amada otra vez. Mi esposo había dejado de mirarme con lujuria en cuanto nuestro hijo, aún no nacido, comenzó a redondear mi cuerpo, y nunca me tocó de nuevo. Y yo sabía que él tenía razón. Gordo es sinónimo de feo. Una esposa gorda es una abominación; y evitar verla, la respuesta correcta. Pregunta: ¿gorda? Respuesta: adiós. Todavía compartíamos una casa y una hipoteca; todavía dormíamos en la misma cama king-size, en lados opuestos; todavía le enseñábamos a nuestro hijo a creer en hombres y en mujeres que no se atrevían a tocarse unos a otros. Había sido declarada culpable del pecado de ser gorda y mi castigo era vivir sola, dentro de una familia vacía.

Y entonces esto. Un hombre que deseaba mi cuerpo, que deseaba todo de mí, desde mi corazón y mi mente hasta los suaves dobleces de mi carne alrededor de mi cintura; los pechos cuyos mejores días habían quedado atrás, alimentando a un niño; las manzanas de ruborización que cosechaba en mis mejillas besando larga y lentamente mi cuello. Un hombre que lograba transformar mi desconfianza en alegría con un simple apretón sobre la piel salpicada de hoyuelos de mi muslo.

Finalizamos mi proyecto. Nuestro idilio se prolongó porque lo auxilié en un proyecto suyo. Recuerdo aquella noche cuando cenamos desnudos, encerrados en una tienda de artículos al por menor que intentábamos convertir en una casa encantada para halloween. Yo sostenía una brocha en una mano y en la otra una taza de plástico colmada de champán barato. Me sentía excitada. Necesitaba amor. Estaba enamorada. Él se rió al darse cuenta de la brocha, y dijo: "ven acá, quiero estar contigo otra vez".

No podía durar. Y no duró. Estaba descuidando mi salud. Él fumaba mucho y yo recaí en el vicio; si a eso le añadimos el miedo a ser descubierta en mi adulterio y la intensidad imprudente de nuestros placeres, era forzoso que un día me enfermara.

Decidí recuperarme en un hotel en vez de un hospital. Nada de focos deslumbrantes, nada de maridos intrusos. Servicio a la habitación y toallas frescas siempre que las deseara. Mi amante no me visitó. Se lo conté a una amiga, llorando, y me reveló que él había ido a verla para preguntarle cómo romper conmigo.

Le llamé a mi esposo; estaba lista para volver a casa, dije. Casi era navidad. Le sugerí saliéramos de viaje en un crucero. Reservó el viaje. Vomité a todo lo ancho y lo largo del Caribe. Traté de comunicarme con mi amante, de la nave a la costa, pero rehusó contestar el teléfono. Todo había terminado.

Más de cinco años han pasado. Me divorcié. Ahora tengo un nuevo amante, uno para quien es un tesoro mi espíritu y desea mi cuerpo sin saciarse jamás. Es un hombre maravilloso y lo amo profundamente.

Pero una esquina de mi corazón le pertenece al hombre que logró despertar en mí el coraje de cuestionar la ley que impide a las mujeres gordas ser amadas. Gracias a él me enamoré de mi cuerpo. Gracias a él es que puedo ofrecerle todo mi amor a un hombre que se quedará.

* Nota: E
n la frase "Respuesta: adiós", la palabra adiós estaba escrita en español en el cuento original (en inglés). El título fue tomado de una canción de los Beatles.

viernes, 27 de abril de 2007

Denise (un relato erótico)

Denise
Escrito por G.K.
Original en inglés aquí


A casi media hora de buscar entre la extensa selección de discos, Mark no acababa de decidir cuál le regalaría a su hermana Karen. Ella era una gran amante de la música y el rango de sus gustos abarcaba desde el country al rock pesado y el jazz. Buscando entre el top 20, se dio cuenta de que su hermana ya los tenía todos. Quizá un CD, pensó, no era tan buena idea, y ya estaba por salir de la tienda cuando una voz detrás de la caja registradora le dijo amistosamente:

-Hey, Mark, parece que tienes problemas buscando algo, ¿puedo ayudarte?

Mark se volvió hacia donde lo llamaba una atractiva chica de cabello negro, calculadora y pluma en mano. Ella había pronunciado claramente su nombre, pero él no podía reconocerla. Sólo podía verla del busto para arriba. Excepto por sus brazos, muy llenos, parecía de complexión mediana; no que él se fijara sólo en mujeres de talla mediana, pero su cara bonita y su voz amistosa despertaron su interés.

-Buscaba algo para mi hermana... ¿Cómo sabes mi nombre?

La muchacha sonrió.

-¡Soy psíquica! No, lo que pasa es que soy amiga de tu hermana y ella tiene en su sala un cuadro de tu familia. Nos ha hablado de ti y te reconocí. Me llamo Denise.

-El mío Mark; bueno, eso ya lo sabes. La foto que mi mamá nos obligó a tomarnos. No sé cómo me reconociste, salgo irreconocible en esa foto- se sonrojó.

-Sí te pareces, sólo que eres más guapo en persona- le guiñó Denise.

-Estaba muy ocupada con el inventario; casi siempre atendemos a nuestros clientes en cuanto llegan. Llevas aquí ya mucho tiempo y no había podido ayudarte, pero ya estoy aquí; dime qué necesitas.

-Tú eres amiga de Karen, seguro sabes que tiene muchos discos; no sabría que regalarle -se encogió Mark.

-Sí, lo sé; vivo en el mismo edificio que ella. Nos hicimos amigas precisamente porque a las dos nos gusta la misma música, así que vamos a ver... -dijo Denise dirigiéndose hacia una isla de discos.

Los ojos de Mark casi saltaron de sus cuencas al ver cómo la cintura de Denise crecía increíblemente donde nacían las caderas. El muchacho no pudo sino caminar obedientemente detrás de esas nalgas enormes. Con cada paso, el gran trasero se balanceaba de lado a lado sobre las anchas caderas que contenía a duras penas un ajustadísimo y revelador pantalón vaquero. Sus piernas, igualmente, eran masivas y torneadas. No fue sino hasta que ella se volvió a verlo que Mark elevó la mirada. Ambos se detuvieron delante de una selección de rock clásico de los años 70.

-Ven, creo que tengo algo.

"Tienes... y muy grande", pensó Mark.

-A Karen le gusta este álbum; la oí decir la semana pasada que lo tenía en L.P., pero que como ya no tiene tornamesa, ya no podía oírlo -dijo Denise sosteniendo entre sus dedos un cd de Super Tramp.

-El crimen del siglo; sí, ella solía escucharlo y yo también, algunas veces. Me gustaba esa titulada "hide in your jail" o algo así.

-¡Era "hide in your shell", no "hide in your jail"! -dijo Denise riendo.

-Bueno, eso -rió entre dientes Mark. -Me lo llevo, su cumpleaños es esta noche, dijo que iba a hacer una fiesta con algunos amigos y me invitó. Eso nunca habría sucedido cuando éramos niños.

-Ya sé, la típica rivalidad entre hermanos, bueno... supongo que te veré allá esta noche.

-¡Ah! ¿También vas a ir? -preguntó Mark, tratando de reprimir su entusiasmo.

-¡Soy amiga de ella, recuérdalo! -exclamó Denise con una juguetona oscilación de su cadera cerca de la de Mark, acelerando los latidos del corazón del muchacho.

Desde antes de abrirse las puertas del elevador, Mark podía oír el estruendo de la música proveniente del otro extremo del pasillo. Antes de tocar, Mark respiró profundamente. No había dejado de pensar un solo instante en que Denise iría a la misma fiesta que él. Golpeó la puerta, se dio cuenta de que estaba abierta y se introdujo. Había más gente de la que había esperado. Cierto que su hermana tenía muchos amigos, pero nunca había organizado fiestas tan concurridas. Mark caminó entre rostros desconocidos, buscando la cocina.

-¡Hola, Mark! -lo saludó su hermana con un abrazo.

-Ooohh, esto es para mí -dijo tomando su regalo: el cd y una botella de vino.

-Sí. ¡Feliz cumpleaños, hermanita! Veo que hay casa llena esta noche.

-El mundo se enteró de que cumplo años. Oh… Alguien ha estado preguntando por ti. Conociste a Denise hoy -comentó Karen con mirada inquisitiva.

-Ahora ya sabes en qué consiste tu regalo -rió Mark entre dientes, examinando el montón de paquetes sobre la mesa.

-No, eso acabas de revelarlo tú -rió una voz femenina detrás de Mark.

Denise lucía despampanante, con el cabello arreglado para arriba en un arco. Su vestido negro realzaba cada parte de su curvilínea figura.

-Oh, hola, Denise- contestó Mark, sientiéndose fulminado por su belleza; la misma sensación de hacía unas horas en la tienda, el corazón latiéndole más fuerte, las manos comenzándole a sudar.

-Es un gran vestido. Quiero decir, fiesta. Es una gran fiesta. Tu vestido es muy bonito también. Te ves muy bien -tartamudeó Mark.

-Sí, la fiesta es agradable. Bueno, sólo pasé a saludar. Vuelvo a la fiesta, y, eh… gracias por el cumplido -rió nerviosa Denise antes de retirarse.

-Mark, ¿vienes con alguien? -preguntó Karen.

-No. ¿Debería? ¿Qué te traes, Karen?

Karen iba a hablar, pero se detuvo. Con cierto movimiento de su cabeza le indicó a Mark que debía seguirla hacia un rincón. Fijó la vista en su hermano y le dijo en voz baja:

-Me pareció que mostrabas interés en Denise. A lo mejor estoy equivocada, pero eso decían tus ojos. Así que antes de que vayas a la sala, quizá debas saber que acaba de romper con su novio. Eso es todo.

-Bueno, acabamos de conocernos, así que realmente no estaba esperando nada. Es una chica que trabajaba en una tienda de música y que da la casualidad que te conoce, eso es todo. Me reconoció por el retrato que tienes de la familia en tu sala. Vine aquí porque es tu fiesta de cumpleaños, así que ¡vámonos a la fiesta! -exclamó Mark palmeando la espalda de su hermana.

-¡Bien! -exclamó Karen sacando dos cervezas del refrigerador y tendiéndole una a Mark. Mientras los hermanos se desplazaban por la sala, los amigos de Karen levantaban sus botellas a modo de felicitación.

La mayor parte de los jóvenes bailaba o conversaba de pie. No quedaba asiento vacío. Buscando a su alrededor donde acomodarse, Mark notó que un muchacho grandote y musculoso abrazaba a Denise colocándose sobre uno de los brazos del sillón que ella ocupaba. Le hablaba al oído y Denise asentía. A Mark le pareció que ella no tenía la mirada intensa y brillante de hacía unos momentos en la cocina; quizá estaba cansada, pero su mirada parecía más llana y su sonrisa forzada. Aunque la fiesta estaba bastante viva, Mark, recargado sobre la pared, simplemente oía los gritos y veía a las parejas bailar. Se sentía un poco molesto. La consciencia de la insentatez de su comportamiento coqueto e impulsivo comenzó a abrumarlo. "Porqué tuve que hacer ese estúpido comentario sobre lo bien que se veía con el vestido", se dijo.

Mark quería irse, pero pensó que no sería comportarse cortésmente con su hermana. En eso, se acercó a él una amiga, Lenore. Como siempre, llevaba mucho maquillaje, y al saludar a Mark con un beso, dejó la mitad de su lápiz labial embarrado en su mejilla.

-¿Vienes solo? -preguntó con su aguda voz Lenore.

-Sí; me siento un tanto fuera de lugar, sabes. Estaba por irme.

-No te vayas tan pronto. Vamos a hacernos compañía -pidió ella, alzando hacia él las pestañas y colgándose de su brazo.

El resto de la velada, mientras socializaban, Lenore no separó su huesuda mano del brazo de Mark, aferrada a él mejor que si fuera su esposa. No bien regresaba alguno de los dos del baño, ya estaba ella nuevamente prendida de él. Por fin Karen partió el pastel, abrió los regalos y Mark vio entonces el momento propicio para marcharse de la fiesta más larga a la que hubiera sido invitado.

-Te vi despedirte de Karen y de tus amigos. ¿Te vas tan pronto? -le preguntó Denise cuando lo vio abrir la puerta.

-Sí, tengo que levantarme temprano mañana. Me agradó encontrarte, lástima que no tuvimos tiempo de hablar -se disculpó Mark.

-Quizá hubiéramos hablado si no me hubieras rehuido -replicó Denise en tono desafiante.

-No entiendo -se contrarió Mark.

-Me viste con ese tipo y te imaginaste que éramos novios o algo así.

-Bueno, si él es tu novio o no, no es mi asunto.

-El tipo con el que estaba era Brad, otro empleado de una tienda cercana a la de discos. Lo había invitado a la fiesta antes de que entraras en la tienda. No quería que se la pasara solo aquí, pero ya se fue; tenía que hacer otras cosas, o al menos eso dijo. Creo que le han pasado por la cabeza ciertas ideas en las cuales no estoy interesada. En fin, me marcho yo también. ¿Tienes tiempo de charlar? ¿Por qué no tomas mis llaves y nos vemos en mi departamento?

-Okey, claro… Seguro, te veo allá, si es que tú te sientes segura.

-Sólo si tú te sientes seguro -sonrió Denise.

-Así me siento -dijo Mark.

Mark esperó a Denise dentro de su dormitorio con cierta excitación nerviosa. No sabía que esperar, ni cuáles eran las intenciones de Denise. Tan sólo habían platicado un poco en la mañana y aquí estaba él en el cuarto de una mujer que apenas conocía. El departamento era mucho más pequeño que el de Karen; mucho más limpio, pero le hacía falta una buena mano de pintura y los muebles delataban su edad. Mark se sentó sobre un emplovado sofá, al lado de un viejo televisor Zenith. Algunos cuadros colgaban de la pared. Lo único nuevo parecía ser una bicicleta estacionaria.

Mark recorrió con el control remoto todos los canales. Denise llegó media hora más adelante.

-Perdón por el retraso, me despedí de todos -se disculpó Denise entornando los ojos. Se sentó a un lado de Mark, rozando con sus muslos llenos las piernas de Mark.

-Puedo ofrecerte un café, también tengo cervezas -sugirió.

-Una cerveza, un café, no importa; tomaré lo mismo que tú.

-Okey, será cerveza.

-Suena bien -contestó Mark, y Denise se encaminó hacia la cocina. El pequeño departamento no estaba tan mal. Había vuelto a la vida con la presencia de Denise.

-Aquí tienes -dijo Denise extendiéndole una cerveza, y, después de destapar la suya, salió a un pequeño balcón.

-Ven -dijo, y Mark la alcanzó. Denise se inclinó sobre el barandal, alzando como adrede para Mark su trasero redondo. Mark se sentía excitado teniendo tan cerca a esta mujer grande y hermosa.

-Bonita noche -dijo Denise dándole un largo trago a su botella-. Tenía mucha sed.

-Ya veo -sonrió Mark. Mirando al cielo, dijo:

-Se está bien en este balcón.

-Es lo único bueno de este lugar; por lo demás, es basura, pero no puedo hacer nada al respecto.

-Vamos, no está tan mal.

-Sí lo está.

Mark encogió los hombros.

-No puedes quejarte de la vista desde tu balcón. Qué noche tan clara, puedes ver las luces en los montes Grouse y Seymour; generalmente el mejor tiempo para hacerlo es después de la lluvia.

-Hablando de llover, es lo único que ha pasado aquí desde que llegué -refunfuñó Denise.

-Así es Vancouver -sonrió Mark.

-¿Cómo es que un chico tan guapo como tú no tiene novia? ¿O sí tienes? -preguntó Denise.

-No. Si tuviera, no estaría aquí contigo.

-Respuesta inteligente -elogió Denise y, aproximando sus caderas a Mark, continuó diciendo:

-Estoy contenta de que estés aquí conmigo esta noche.

-Yo también -dijo Mark, y entonces, en tanto las miradas de los dos se adentraban en la noche, Mark colocó su mano alrededor de las anchas caderas de Denise, pero se arrepintió y la retiró.

-Eres muy atractiva -dijo.

-¿Qué significa eso?

-Nada, pero no quiero que pienses que voy demasiado rápido…

-¡Mark! Puedo manejarme a mí misma. Si no me gustara lo que está pasando, te lo haría saber. No vas demasiado rápido... -Denise le quitó su cerveza y la colocó junto a la suya. Enlazó sus suaves brazos alrededor de sus hombros, presionando sus muslos regordetes contra la visible erección de Mark.

-Vamos adentro -sugirió Denise, y fueron.

Denise se sentó sobre un viejo escritorio recargado contra una pared.

-Ven aquí -dijo Denise, y una vez que éste estuvo cerca, ella envolvió firmemente la cintura de Mark con sus piernas rollizas.

Mark intentó besarla, pero Denise echó a un lado su cabeza.

-No puedes besarme ahora.

-¿Y eso porqué? Tú eres bonita y…

-Sólo quiero jugar un poco contigo primero -hizo muecas Denise.

-¡Ya jugaste bastante! -gimió Mark, y abrazando a Denise por debajo de su cintura, intentó levantarla.

-No… -le advirtió Denise.

-Sólo quería... No sé lo que quería -confesó Mark.

Denise rió.

-Querías probar qué tan pesada soy. Vi el modo en que seguías mi trasero cuando estábamos en la tienda.

-¡No! -exclamó Mark.

-¡Claro que sí! Cuando tu negocio son las ventas, miras con frecuencia los espejos colgados arriba para evitar algún robo, pero lo único que reflejaban los espejos eran tus miradas ladronas, y eso no estaba mal. Yo también te miraba. Por eso dejé que me vieras por un rato.

-Así que lo notaste. Qué vergüenza. No creí ser tan obvio -musitó Mark.

-Eso se debe a que las mujeres solemos ser más discretas. Y por eso quiero jugar contigo, porque sé lo que te gusta, sé lo que deseas -dijo ella dando un ligero pellizco al oído de Mark y empujando al joven.

Mark cayó contra la pared y Denise caminó hacia él; una vez a su lado, se dio vuelta y se inclinó, presionando sus nalgas enormes contra el cuerpo de Mark.

-¿Podrías deshacer los nudos de mi vestido? -preguntó- Es incómodo...

-Seguro.

Cuidadosamente, Mark deshizo los nudos del vestido mientras besaba la nuca de Denise. La cremallera bajó con soltura a lo largo de su espalda, hasta la parte donde nacían sus caderas; Mark tuvo que forzar un poco ahí el cierre.

-Deshaz también mi sujetador -pidió Denise.

Otra vez con delicadeza, Mark retiró el sujetador. Haciendo de sus manos una copa, las llenó con los pechos de Denise, pequeños pero firmes.

Denise gemía.

-Mmmm.

El vestido yacía doblado sobre el suelo. Las bragas todavía no bajaban de las piernas de Denise, pero disimulaban poco la grieta del sexo de Denise, y Mark pudo contemplar por fin las magníficas, gigantescas nalgas de la joven en toda su gloria. Los muslos se revelaron entonces en toda su magnitud, mucho más grandes ahora que con la ropa puesta, dibujando un horizonte mucho más allá de la cintura.

Denise se contempló a sí misma, orgullosa, y se dirigió al sofá balanceando de un lado a otro su ancho trasero. Las sacudidas que daba al caminar eran más enérgicas ahora, libre de la ropa.

Volteó a ver a Mark provocativamente, deslizando sus manos a lo largo de sus muslos gruesos, sólidos; sobre su ancho trasero y sus caderas; sobre sus costados y cintura, oprimiendo al final de todo el camino sus pechos.

Mark se aproximó a ella y, antes de saber qué estaba pasando, Denise lo sujetó por los brazos. Mark pudo sentir cómo era echado lentamente hacia atrás hasta caer sobre el sofá. Miró a Denise darle la espalda, lista para sentarse encima de él.

-Me moría de ganas por hacer esto. Pienso que te gustará que ponga mi ancho trasero en tu cara.

-Es lo que más había estado esperando -respondió Mark, y estiró sus brazos para atraer hacia sí a Denise; pero ella le dio un golpeó en la mano y lo miró con expresión traviesa.

Denise devolvió a Mark al sofá y entonces, de un salto, se sentó sobre él y se quitó las bragas. Siempre con expresión traviesa, sus bellos ojos infantiles echaban vistazos a Mark cada vez que zarandeba encima de él su descomunal trasero.

Mark dio repetidos lengüetazos al sexo de Denise, cuyo cuerpo comenzó inmediatamente a sacudirse y temblar. Era sensacional. Denise se dejó caer de lleno sobre la cara de Mark. Todo el cuerpo de Mark se estremeció desde dentro al sentir sobre él cómo lo machacaba el trasero de la muchacha, pero se estaba ahogando y la empujó para tomar aire. Sus brazos, por supuesto, no podían competir contra el peso de Denise. No fue sino hasta que Mark estaba al borde de la sofocación que Denise condescendió a levantarse.

Mark jadeaba en el sofá. Denise volvió al escritorio, meneando sobre éste orgullosamente el trasero.

-¿Qué te sucede, muñequito? Parece que te falta el aire... -bromeó Denise.

-Casi me muero -jadeó Mark.

-No diste nada de pelea; creo que mi trasero es demasiado grande para un pequeño hombrecito como tú -se burló Denise.

-Sí -volvió a jadear Mark. Pero se repuso con una respiración profunda y sujetó a la chica por los amplios y suculentos muslos, sólo para sentir cómo Denise lo tumbaba sobre la alfombra de un solo golpe de sus magníficas caderas.

Mark había entrado en éxtasis total.

-No he terminado de jugar contigo -dijo ella; y tomándolo de las manos, lo atrajo hacia sí para besarlo salvaje y frenéticamente.

-Así es mi dormitorio, Mark -dijo Denise.

miércoles, 25 de abril de 2007